El bosque que volvió: una vida en La Goccia

Mi primer recuerdo de La Goccia no es muy claro — yo era muy joven entonces. Ha pasado mucho tiempo, pero nunca olvidaré aquel día. La gente llegó con grandes máquinas. Cortaron muchos árboles para construir edificios, vías de tren y tuberías. Recuerdo las enormes torres metálicas que sostenían esferas gigantes. Esa imagen se quedó conmigo.

Después de eso, todo cambió. El aire tenía un olor fuerte, como cuando un bosque se quema y hasta las rocas parecen arder. Todo a mi alrededor se movía: los trenes iban y venían con gran estruendo, los trabajadores gritaban por encima del silbido de las tuberías, y por la noche el cielo se volvía naranja, iluminado por las llamas de las altas chimeneas.

En aquella época, mi barrio no era como ningún otro en Milán. Estos gigantes de metal —los llamaban gasómetros— se alzaban sobre los pocos árboles que quedaban y los tejados cubiertos de polvo negro. El verde de antes se había vuelto gris y marrón de óxido. Algunos decían que había algo en el suelo que impedía que la vida creciera. Aun así, yo crecí —un poco solo, porque no había otros como yo cerca. Y en mi soledad, observé cómo todo cambiaba.

La Goccia era una zona industrial. Personas con uniformes sucios y cascos trabajaban duro todo el día, deteniéndose solo cuando sonaba un silbato. No entendía qué hacían, pero podía sentir lo ocupado que estaba todo. Algo importante ocurría allí —tantas personas y máquinas siempre entrando y saliendo.

Hasta que un día, todo se detuvo.
No más trenes. No más gente. Solo silencio.

La planta de gas había cerrado. No sabía por qué, y en realidad no me importaba. Durante mucho tiempo, el silencio se sintió extraño, como contener la respiración demasiado tiempo. Las máquinas se quedaron en su sitio, envejeciendo y oxidándose. Algunas cayeron. Otras permanecieron, como grandes piedras en el mar.

Entonces ocurrió algo sorprendente.

Comenzó con pequeñas grietas en el cemento. Un poco de hierba aquí, un arbusto allá. Los pájaros regresaron. También lo hizo el viento, soplando a través de los edificios vacíos y trayendo un aire más fresco. Ya no estaba solo. Llegaron otros como yo —altos y delgados, o anchos y retorcidos. Mi barrio, antes una fábrica, se estaba convirtiendo en un bosque. Un bosque espontáneo.

De alguna manera, el veneno en el suelo no impidió que crecieran plantas, árboles o líquenes. Me alegró conocer a mis nuevos vecinos. No hablaban, pero los reconocía por su olor, por el sonido de sus hojas, por la forma de sus copas. Hacía mucho tiempo que la vida joven no vivía aquí. Pero poco a poco, la vida volvió —creciendo sobre el cemento, atravesando ventanas y entre las vías del tren.

Durante años vivimos en paz. Yo era un árbol feliz. Pero siempre teníamos un poco de miedo. ¿Volverían un día las máquinas y la gente? A veces sí, pero no se quedaban mucho.

Hasta que un día volvimos a escuchar pasos. Pero sonaban diferentes.

Al principio nos preocupamos. ¿Destruirían todo otra vez? El viento traía viejas historias de gente que quería construir cosas nuevas, limpiar el lugar, empezar de nuevo. Pero estos nuevos pasos eran más lentos. Curiosos. Suaves.

No trajeron máquinas. Trajeron cuadernos. Cámaras. Preguntas. Y parecían asombrados con lo que veían.

Caminaban despacio, a veces en grupo, a veces solos. Se detenían a menudo. Los vi señalando setas, fotografiando cortezas, agachándose para mirar mariposas. Llamaban a este lugar La Goccia. No hablaban de él como de una vieja fábrica, sino como de un “bosque espontáneo”, un lugar de resistencia, un lugar lleno de potencial. Algunos incluso decían que era “un mundo que empieza donde termina el asfalto”.

Empezaron a reunirse en uno de los viejos edificios del Politécnico cercano. Los escuchaba hablar —investigadores, artistas, arquitectos, gente de la ciudad. Usaban palabras que no entendía, incluso con todos mis años: fitorremediación, gobernanza interespecies, modelos urbanos, adaptación climática. Palabras extrañas. Pero sentía que no estaban aquí para quitar, sino para aprender.

Los humanos son extraños. Oír, ver y tocar no les basta. Quieren entenderlo todo. Escarban en la tierra para tomar muestras. A veces arañan mi vieja corteza, y me hace cosquillas. Les he oído decir que son como médicos. Les he oído decir que el veneno en el suelo se está yendo poco a poco —gracias a nosotros.

Hace poco, volvieron con un experto de muy lejos. Hablaron durante horas. Sus voces flotaban por el bosque tranquilo.

“Necesitas abrir un tipo de mirada diferente cuando entras en este lugar”, dijo uno de ellos. “Hasta que lo hagas, no puedes entender realmente el significado de lo que hay aquí”.

Hablaban de dejar entrar a más gente. Imaginaban convertir mi hogar en un laboratorio vivo —un lugar para aprender, sanar y convivir. Querían que las personas entendieran el bosque no solo con los ojos, sino también con la imaginación.

Hablaron de algo llamado la Iniciativa Urbana Europea —un programa que ayuda a las ciudades a probar ideas valientes. La Goccia, dijeron, había sido elegida para una Acción Innovadora. Se convertiría en un lugar para experimentar nuevas formas de hacer las cosas —donde el cambio urbano se haga con cuidado ambiental, y donde las decisiones se tomen no solo para la naturaleza, sino con la naturaleza.

Escuché, quieto y en silencio. ¿Cómo podríamos nosotros, los árboles, participar en las decisiones humanas? No hablamos. Pero sí recordamos.

Desde lo más profundo de mis raíces, recordé el fuego y el silencio. El hollín y los brotes. Y ahora, acogía algo nuevo: el cuidado.

La Goccia ya no es un rincón olvidado de Milán. Es un lugar de imaginación, donde pasado y futuro se unen. Y donde el bosque ya no se esconde —se erige en el centro.

Y yo, el viejo árbol en el corazón de todo, sigo en pie —guardando la memoria de la ciudad en mis anillos.