Llevo toda la vida viendo arder el monte. Literalmente.
Crecí en una casa a las afueras de Madrid, rodeada de campos y ovejas. Todos los veranos ardían las praderas y hacíamos un cortafuegos junto a la valla. Bajo dos pinos piñoneros enormes, mi padre y mi abuelo barrían pinocha casi continuamente. La usábamos para encender la chimenea. Sabíamos perfectamente lo bien que arde.
Quizá por eso me desespera cómo hablamos cada verano de los incendios.
Arde medio país y empieza el concurso de culpables: el pirómano, unos chavales haciendo el idiota, una cosechadora, el político que no “limpió” el monte, la colilla por la ventana, los bomberos que llegaron tarde…
La chispa ocupa titulares. Las condiciones que permiten que esa chispa se convierta en un monstruo, bastante menos.
Y, sin embargo, la misma chispa en enero no provoca lo mismo.
No digo que no importe saber cómo empieza un incendio. Claro que importa. Hay que investigarlo, depurar responsabilidades cuando las haya y aprender de las causas para evitar nuevas igniciones.
Pero explicar un gran incendio únicamente por quién prendió la primera llama es un poco como explicar la explosión de un polvorín hablando solo de quién encendió la cerilla.
Este año lo vi venir
Trabajo una pequeña huerta y eso me obliga, entre otras cosas, a mirar mucho más de cerca lo que está pasando con el suelo y con la vegetación.
Este año el contraste fue brutal. Durante meses vi crecer la hierba sin parar con la humedad. Después llegó el calor. Primero 30 grados. Luego 35. Luego 40. Semanas prácticamente sin agua. Y toda aquella vegetación que había crecido empezó a secarse.
En junio, viajando a Madrid con mi pareja, le dije:
“Este año se va a quemar España”.
No estaba jugando a adivinos. Era mirar alrededor.
Y después llegaron los datos. Junio de 2026 fue, según AEMET, el segundo más cálido y el tercero más seco de toda la serie histórica iniciada en 1961. Julio fue todavía más lejos: empató con 2022 como el mes más cálido registrado en España —no solo el julio más cálido, sino el mes más cálido— y fue además el julio más seco de la serie.
Copernicus describía en julio un patrón muy parecido a lo que yo había observado a pequeña escala: abundante vegetación desarrollada después de un invierno y un comienzo de primavera húmedos en buena parte de Europa occidental y, después, un fuerte secado durante el verano. Mucha biomasa que pasa en pocas semanas de estar verde a estar seca.
Y julio terminó siendo en España el peor de los últimos treinta años en superficie quemada, según los datos recopilados por RTVE a partir de MITECO y del sistema europeo EFFIS.
No hacía falta una bola de cristal.
Y sí, el cambio climático
Aquí hay una parte que me da ya bastante pereza discutir.
El cambio climático existe.
Y tampoco voy a gastar energía discutiendo si el calentamiento actual está causado fundamentalmente por la actividad humana. No es una ocurrencia mía ni una cuestión sobre la que haya que organizar una tertulia para ver quién argumenta mejor. Hay décadas de evidencia científica detrás.
Quien quiera volver a empezar ese debate desde cero puede hacerlo en los comentarios. Yo no voy a participar. Vía libre para haters, trolls y negacionistas.
Tengo cada vez menos interés en esos debates cuyo único objetivo parece ser que todo el mundo salga pensando exactamente lo mismo que pensaba cuando entró.
Pero tampoco me sirve decir simplemente: “Es culpa del cambio climático”.
Porque el clima está cambiando sobre un territorio que nosotros llevamos décadas transformando.
Y ahí empieza otra parte de la historia de la que, en mi opinión, hablamos poquísimo.
Los montes que tenemos tampoco han aparecido solos
Nuestros montes son resultado de décadas (siglos, en realidad) de decisiones humanas.
Usos agrícolas y ganaderos que aparecen y desaparecen. Abandono de tierras. Repoblaciones. Talas. Plantaciones. Incendios anteriores. Políticas forestales. Cambios de propiedad. Urbanización.
Y, en España, también enormes superficies repobladas durante el siglo XX con coníferas.
Aquí sé que alguien puede saltar inmediatamente: “¡Los pinos también son naturales!”.
Claro.
No estoy diciendo que todos los pinares sean artificiales, ni que todos los pinos se comporten igual, ni que los robledales o encinares no ardan. Sería absurdo.
Pero tampoco me he inventado que determinadas especies de pino presentan adaptaciones extraordinarias al fuego. El propio CSIC tiene un artículo divulgativo con un título bastante expresivo: “Los pinos que abrazan el fuego”. Algunas especies protegen sus estructuras frente a incendios de baja intensidad; otras, como el pino carrasco, pueden mantener semillas en las copas que se liberan masivamente después del fuego.
Y esto es importante: no todos los pinos responden igual. Un documento técnico del propio MITECO explica, por ejemplo, las enormes diferencias frente al fuego entre Pinus halepensis, Pinus nigra o Pinus sylvestris.
Así que la discusión interesante no es “pino bueno / pino malo”.
La discusión interesante es qué especies tenemos, dónde, con qué densidad, con qué estructura, resultado de qué gestión y enfrentándose ahora a qué clima.
Yo esto ya lo había visto
Cuando trabajaba en Medio Ambiente en el Ayuntamiento de Pamplona analizamos unas pequeñas masas forestales municipales en el monte Ezkaba.
Eran pinares de repoblación plantados décadas antes y prácticamente sin actuaciones posteriores.
Recuerdo árboles separados apenas un metro o metro y medio. Una competencia enorme por la luz. Copas poco desarrolladas. Muchas ramas laterales muertas y secas.
Y prácticamente nada de sotobosque.
Lo digo porque cada verano vuelve la misma frase:
“Hay que limpiar el monte”. Cómo si hubiera que «barrer» las plantas y los matorrales.
Pues allí había poco que “limpiar”. Casi nada de sotobosque.
El problema era la propia estructura de aquella masa forestal que de lejos se ve «muy verde».
Planteamos clareos y una evolución progresiva hacia formaciones más diversas y más próximas a la vegetación potencial de la zona. Y recuerdo perfectamente haber escrito en aquel informe que existía un riesgo importante de incendio si no se actuaba.
Años después Ezkaba ardió. En el incendio de 2022 se quemaron también superficies de pinar.
No cuento esto para decir “yo ya lo dije”. Sería bastante ridículo.
Lo cuento porque el conocimiento existe.
Muchas veces sabemos perfectamente que tenemos un problema mucho antes de que llegue el incendio.
Un monte no está limpio ni sucio
Esta es probablemente una de las expresiones que más me irrita.
“Limpiar el monte”.
Me recuerda a cuando trabajando en un ayuntamiento muchos decían que había que “limpiar el río” (un río con un ecosistema con especies protegidas como el visón europeo, la nutria o el martín pescador, por cierto).
Un río no se limpia como se limpia una cocina.
Y un monte tampoco.
Un monte no está limpio o sucio. Es un ecosistema.
Tiene árboles. Matorrales. Herbáceas. Hongos. Suelo. Agua. Materia orgánica. Animales. Relaciones entre especies.
Y todos cumplen su función.
El matorral y la vegetación que cubren el suelo pueden reducir su exposición directa al sol, limitar la pérdida de humedad, protegerlo frente a la erosión y crear microhábitats para multitud de especies.
Y mientras esa vegetación conserva agua tampoco es precisamente fácil que arda.
Cualquiera que haya intentado encender una barbacoa con ramas todavía verdes sabe de qué hablo.
No es ideología. Es física: antes de que esa materia vegetal arda hay que evaporar buena parte del agua que contiene.
El problema empieza cuando todo ese sistema se seca.
Entonces la misma vegetación se comporta de una forma radicalmente diferente.
¿Y el suelo?
Cuando se habla del comportamiento extremo de los incendios solemos escuchar aquello del 30-30-30: más de 30 grados, menos del 30 % de humedad y vientos superiores a 30 km/h.
Bien.
Pero yo siempre pienso:
¿Y el suelo?
¿Cómo llega ese ecosistema al día del incendio?
¿Cuánto tiempo lleva sin llover?
¿Cuánta agua queda disponible para las plantas?
¿Cuántas semanas llevan soportando temperaturas anormalmente altas?
¿Qué estrés hídrico acumulan?
El año pasado recuerdo caminar por Navarra y encontrar hasta las zarzas completamente secas en montes de zonas al norte de Pamplona. Las zarzas. Una planta que normalmente mantiene una enorme cantidad de agua en sus tejidos.
Eso dice bastante sobre cómo estaba el suelo.
Y resulta que esta preocupación tampoco es ninguna extravagancia mía. AEMET estrenó precisamente en 2026 un nuevo Índice de Peligro de Incendios Forestales, el IPIF. Además de temperatura, humedad, viento y precipitación, incorpora el estado de la vegetación, los usos del suelo y la humedad del suelo.
Así que sí.
El suelo importa.
Y mucho.
Estamos echando pólvora al monte
Para mí, la imagen es bastante sencilla.
Estamos echando cada vez más pólvora al monte.
Más días de calor extremo.
Olas de calor más largas y repetidas.
Periodos sin lluvia más prolongados.
Suelos que pierden humedad.
Vegetación sometida a un estrés hídrico y térmico que hace unas décadas era mucho menos habitual en muchos territorios.
A eso añadimos determinadas masas forestales densas, homogéneas o mal adaptadas a las nuevas condiciones climáticas.
Y el resultado, en determinados momentos del verano, son auténticos polvorines.
Un polvorín no explota porque la cerilla sea especialmente malvada.
Explota porque llevamos tiempo acumulando pólvora y, cuando coinciden las condiciones adecuadas, basta una chispa.
Por eso me resulta tan pobre el debate obsesivo sobre quién prendió el fuego.
¿Fue intencionado? ¿Una negligencia? ¿Una máquina? ¿Un rayo?
Investiguémoslo.
Pero mientras discutimos durante días sobre la cerilla, el polvorín sigue ahí.
No, tampoco vamos a desbrozar España entera
La otra respuesta automática es que hay que “limpiar” todos los montes.
¿Exactamente cómo?
¿Vamos a retirar cada verano toda la hierba seca, cada arbusto y cada rama de los millones de hectáreas forestales que hay en España?
Es imposible.
También aparece entonces la solución mágica de la ganadería extensiva.
Y sí: el pastoreo puede ser una herramienta magnífica de gestión de la vegetación en determinados lugares.
Pero antes habría que responder a algunas preguntas bastante menos románticas.
¿Quién quiere ser ganadero?
¿En qué condiciones económicas?
¿De quién son las tierras?
¿Quién paga ese servicio?
¿Dónde queremos realmente que paste el ganado?
Porque millones de cabras tampoco van a recorrer España comiéndose cada planta seca.
Esto necesita bastante más planificación y bastante menos eslogan.
¿Entonces qué hacemos?
Gestionar.
Pero gestionar de verdad.
No “limpiar”.
Analizar qué masas forestales tenemos y cómo van a responder al clima que viene. Hacer clareos donde sean necesarios. Favorecer estructuras y paisajes más diversos y resilientes. Recuperar determinados usos agroganaderos allí donde tengan sentido. Crear discontinuidades estratégicas. Adaptar la selvicultura.
Y, sobre todo, priorizar.
No podemos convertir cada hectárea forestal en un jardín protegido del fuego.
Pero sí podemos trabajar muchísimo mejor en aquellos lugares donde un incendio puede convertirse además en una tragedia humana: pueblos, viviendas aisladas, urbanizaciones, infraestructuras, carreteras, actividades económicas.
Necesitamos buenos sistemas de prevención y detección. Capacidad de ataque rápido. Medios suficientes. Personal formado. Protocolos claros. Y una coordinación excelente entre administraciones y servicios cuando llega la emergencia.
Porque habrá incendios.
Esto también cuesta asumirlo.
Vivimos en una región del planeta en la que el fuego forma parte de la dinámica de muchos ecosistemas. Algunas especies llevan miles de años adaptándose a él. Basta mirar la gruesa corteza de corcho de un alcornoque para entender que el fuego no llegó ayer al Mediterráneo.
Lo que está cambiando es otra cosa.
Está cambiando la frecuencia con la que aparecen condiciones extremas.
Está cambiando su duración.
Y está cambiando la intensidad que pueden alcanzar los incendios cuando coinciden esas condiciones con determinados paisajes.
Por eso creo que quizá deberíamos dejar de mirar obsesivamente quién encendió la cerilla.
O, por lo menos, mirar un poco más allá.
Porque mientras seguimos discutiendo sobre la chispa, seguimos llenando el monte de pólvora.